
Acabo de volver de Andalucía. Sus pueblos blancos en los que sol se recrea con sus luces y sus sombras es una de sus muchas atracciones.
Dan sensación de limpieza, de pureza. Y con ella, de paz, porque lo limpio -por fuera y por dentro- engendra paz.
Pasas por ellos pegado a las paredes porque el sol no se apiada de tu lenta marcha de turista admirador, pero tienes buen cuidado de no manchar nada.
Cuando los abandonas te vuelves a mirar su blancura porque no quisieras olvidarte de ella.
Para mi, son toda una invitación para que nuestra vida, nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestro obrar, sea limpio, recto, sincero, para que no manchemos las paredes de nuestra existencia.
A la vuelta y ya llegando a Madrid aparecen y se van sucediendo las pintadas en muros y vallas. No hay espacio que no haya sido emborronado por unos supuestos artistas anónimos y callejeros.
Todo el encanto anterior se desvanece y nace un sentimiento de dolor, de amargura que nos recuerda que el hombre aunque es mucha su dignidad también es mucha su capacidad de abajarse, de hundirse, de mancharse, de ocultar lo bueno de muchas maneras sórdidas


















